Ya se conoce que para el estudio de las
mutaciones genéticas y su biología del desarrollo el ser vivo idóneo ha sido la
mosca del vinagre, Drosophila Melanogaster. En veinte días recorre todos sus
estados naturales: huevo, larva, pupa, adulto y muerte. Mutando los genes de
los embriones, se obtienen larvas mutadas y de estas adultos mutados. Los
resultados son variopintos, y hacen las delicias de los alumnos en prácticas de
todo Centro de Biología Molecular: distintas formas de alas, sin alas, doble juego
de alas, ojos alargados, ojos pequeñitos, ojos en las alas, patas en la cabeza,
cuerpos amarillos, rojos…
Alguna vez se ensayó la inserción de
características genéticas suyas en otros seres vivos de laboratorio como el
gusano caenorhabditis elegans o el
ratoncito albino BALB/c obteniéndose pequeños monstruitos que no prosperaron
aunque se insinuaron: gusano con cabeza de mosca, ratoncito con alas dobles… El
estudio y conocimiento de la genética del desarrollo con inserciones de
características de otros seres vivos como si fueran mutaciones asimilables se
ha desentrañado a tal grado y ha alcanzado tal punto de sofisticación que ha
permitido resultados espectaculares casi al extremo de la película La Mosca, donde, por un medio
distinto (desintegración y reatomización), resultó accidentalmente el hombre
mosca.
Probando manipulaciones genéticas capilares
de origen humano en libélulas rojas se ha obtenido un curioso ejemplar de
libélula roja barbuda, que, de momento, se conserva en buen estado gracias al
medio húmedo que propicia una piscina de cloro. Aún se desconoce la utilidad
práctica de este pequeño engendro, si no es en sí la valiosa información que
aporta como nuevo fenómeno genómico metamófico en ciernes.





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