martes, 27 de agosto de 2013

Libélula barbuda


    Ya se conoce que para el estudio de las mutaciones genéticas y su biología del desarrollo el ser vivo idóneo ha sido la mosca del vinagre, Drosophila Melanogaster. En veinte días recorre todos sus estados naturales: huevo, larva, pupa, adulto y muerte. Mutando los genes de los embriones, se obtienen larvas mutadas y de estas adultos mutados. Los resultados son variopintos, y hacen las delicias de los alumnos en prácticas de todo Centro de Biología Molecular: distintas formas de alas, sin alas, doble juego de alas, ojos alargados, ojos pequeñitos, ojos en las alas, patas en la cabeza, cuerpos amarillos, rojos…
  Alguna vez se ensayó la inserción de características genéticas suyas en otros seres vivos de laboratorio como el gusano caenorhabditis elegans o el ratoncito albino BALB/c obteniéndose pequeños monstruitos que no prosperaron aunque se insinuaron: gusano con cabeza de mosca, ratoncito con alas dobles… El estudio y conocimiento de la genética del desarrollo con inserciones de características de otros seres vivos como si fueran mutaciones asimilables se ha desentrañado a tal grado y ha alcanzado tal punto de sofisticación que ha permitido resultados espectaculares casi al extremo de la película La Mosca, donde, por un medio distinto (desintegración y reatomización), resultó accidentalmente el hombre mosca.
  Probando manipulaciones genéticas capilares de origen humano en libélulas rojas se ha obtenido un curioso ejemplar de libélula roja barbuda, que, de momento, se conserva en buen estado gracias al medio húmedo que propicia una piscina de cloro. Aún se desconoce la utilidad práctica de este pequeño engendro, si no es en sí la valiosa información que aporta como nuevo fenómeno genómico metamófico en ciernes.








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