martes, 13 de agosto de 2013

La culpa del señor K.



  El señor K. es acusado y detenido sin explicaciones. No entiende nada, ha de ser un error. Cualquier apostilla que hace al inspector a fin de clarificar tan absurdo avasallamiento es vuelta un enredo de sospechas contra él.
  Es el sistema, tal y como está organizado con leyes y estamentos tan robustos como difusos, el que lo ha escogido porque no está libre de culpa. ¿Alguien lo está? Efectivamente, su desvelo incansable y delirante por demostrar su inocencia irá concomiéndole, hasta desgastarlo y convencerlo de su inutilidad. Al final, acepta mansamente la conducción al patíbulo.
  Todo está corrompido y el sistema gelatinoso de la burocracia le da cohesión. Es imposible ponerlo en cuestión, salirse de los esquemas establecidos, se ha forjado con el discurrir de los años logrando estabilidad y eficacia. La apariencia de su necesidad es tan poderosa que no se puede eludir, ya es imposible quebrantarlo y, quienquiera que lo intente, perecerá convencido de que, al menos, es culpable por haber sido parte del mismo.
  Atrapados en la falsa necesidad amparada por leyes inconcretables que la prorrogan, uno no se siente incomodado hasta que le señalan. La fuerza de aquel aparato se manifiesta cuando aquél antepone su conciencia individual y la salvaguarda de su integridad moral.
  Thoreau había escrito: “El hombre no está necesariamente obligado a dedicarse a la erradicación de la injusticia por monstruosa que sea. Puede dedicarse con decencia a otros asuntos, pero como mínimo es su deber no comprometerse con la injusticia y si eso no le preocupa, al menos no apoyarla en la práctica”.
  Hay que recordar que el señor K. era empleado de banca. ¿Estaría aquí el quid de la cuestión? Quizás debió haber reaccionado a tiempo como Pau A Monserrat, haber dimitido y haber escrito en un libro las malas prácticas de la misma. Los clientes son víctimas porque los empleados mismos se ven avocados, inmersos en tan ávido y proteico aparato, no a asesorarlos y dirigirlos convenientemente, sino a venderles productos financieros, hipotecarios, etc. 



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