miércoles, 21 de agosto de 2013

La putada de enamorarse



   Santiago García y Diana Balaguer imaginan bailar juntos el bolero “No sé por qué te quiero”, habiéndose desprendido de sus respectivas parejas. La conversación que sostienen es la que sigue:

  Santi: Diecisiete años que nos conocemos y es la primera vez que bailamos juntos.
  Diana: No te confundas. Esto es fruto de tu imaginación.
  S.: Para hacer una cosa basta que dos se pongan de acuerdo en pensarla.
  […]
  S.: Esto es una enfermedad.
  D.: Ya lo sé.
  S.: A veces voy con mujeres. En mi trabajo es fácil.
  D.: Yo he tenido un par de amantes técnicamente mejores que tú. Pero…
  S.: Nada… ¿verdad?
  D.: Nada.
  S.: Esto de enamorarse es una putada.
  D.: Sobre todo es muy poco práctico.
  S.: Pero por qué ha tenido que tocarnos precisamente a nosotros.
  D.: Sshh… Aprovecha el tiempo. Bésame.
  S.: No puedo. No estoy aquí.
  D.: Para hacer una cosa basta que dos se pongan de acuerdo en pensarla.
 
  ¿Es una putada enamorarse? Y si lo es en el sentido en que ellos lo están, lo cual excluye: 1.- Un nido de amor, que facilitaría los encuentros clandestinos. 2.- Un compromiso serio, a pesar de que planean la escapada definitiva (deben intentarlo), pero el azar interviene y se interpone.
  Pasan los días, las semanas, los años… y siempre hay un momento para pensar en el otro. Y para planear durante días, con todo detalle, un encuentro, para luego reducirse a un par de horas juntos. Diana explica en otro momento: “El sexo es ejercicio físico. Lo importante es el deseo, que está en el cerebro.”

  Hay un relato de Anna Gavalda (del libro Quisiera que alguien me esperara en algún lugar), el llamado Durante años, que sustancialmente refiere algo similar, aunque la manifestación externa difiera.
  Helena y Pierre han experimentado la pasión romántica de jóvenes, la enfermedad del enamoramiento. Parece que la madurez restó trascendencia a aquél último abrazo en la estación de tren. Él no pensó que acabaran ahí, porque se marchara a París a proseguir sus estudios. Más tarde apareció otra mujer, con la que se desposó, tuvo hijos y fue el apoyo idóneo para su éxito profesional.
  Pero Helena nunca dejó de habitar su vida interior, que rebrotaba en momentos de soledad, rescatando imágenes muy precisas y muy bellas de aquella relación. De hecho, la esposa, aunque lo sentía feliz, percibía su comportamiento fantasmal. Si bien acariciaba su vientre, su mente divagaba.
  Muchas veces pensó en llamarla. También Helena, cuando lo telefonea doce años después, para un sencillo reencuentro, solo por la ilusión de verlo, lo había pensado muchas veces. De hecho una vez se acercó a París para espiarlo.
  También tiene esposo e hijos. Y se ha replanteado muchas veces el error de aquella separación. Ha vivido una vida más dura. Y sobre todo ha conocido la soledad.
  Él satisface el deseo de ella de volver a verse (no reconoce que también es el suyo). Pasan una tarde agradable, y, antes de despedirse, Helena le pide un favor. Permitir que lo huela.
  Absorbe su olor profundamente. Por la espalda, sin que él la vea. Se desliza por el cuello, los hombros, las clavículas. No quiere que se vuelva al decirle adiós. Pierre tampoco hubiera deseado que lo viera con los ojos hinchados y el rostro contraído por la emoción.

  ¿Es una putada enamorarse? ¿O es un sentimiento genuino e irremediable que a veces ocurre entre dos personas y hasta puede pervivir en estado de latencia aunque pasen los años y se crucen otras relaciones en el camino?

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