Santiago García y Diana Balaguer imaginan bailar juntos el bolero “No sé
por qué te quiero”, habiéndose desprendido de sus respectivas parejas. La
conversación que sostienen es la que sigue:
Santi: Diecisiete años que nos conocemos y es la primera vez que
bailamos juntos.
Diana: No te confundas. Esto es fruto de tu imaginación.
S.: Para hacer una cosa basta que dos se pongan de acuerdo en pensarla.
[…]
S.: Esto es una enfermedad.
D.: Ya lo sé.
S.: A veces voy con mujeres. En mi trabajo es fácil.
D.: Yo he tenido un par de amantes técnicamente mejores que tú. Pero…
S.: Nada… ¿verdad?
D.: Nada.
S.: Esto de enamorarse es una putada.
D.: Sobre todo es muy poco práctico.
S.: Pero por qué ha tenido que tocarnos precisamente a nosotros.
D.: Sshh… Aprovecha el tiempo. Bésame.
S.: No puedo. No estoy aquí.
D.: Para hacer una cosa basta que dos se pongan de acuerdo en pensarla.
¿Es una putada enamorarse? Y si lo es en el sentido en que ellos lo
están, lo cual excluye: 1.- Un nido de amor, que facilitaría los encuentros
clandestinos. 2.- Un compromiso serio, a pesar de que planean la escapada
definitiva (deben intentarlo), pero el azar interviene y se interpone.
Pasan los días, las semanas, los años… y siempre hay un momento para
pensar en el otro. Y para planear durante días, con todo detalle, un encuentro,
para luego reducirse a un par de horas juntos. Diana explica en otro momento:
“El sexo es ejercicio físico. Lo importante es el deseo, que está en el
cerebro.”
Hay un relato de Anna Gavalda (del libro Quisiera que alguien me
esperara en algún lugar), el llamado Durante años, que sustancialmente refiere
algo similar, aunque la manifestación externa difiera.
Helena y Pierre han experimentado la pasión romántica de jóvenes, la
enfermedad del enamoramiento. Parece que la madurez restó trascendencia a aquél
último abrazo en la estación de tren. Él no pensó que acabaran ahí, porque se
marchara a París a proseguir sus estudios. Más tarde apareció otra mujer, con
la que se desposó, tuvo hijos y fue el apoyo idóneo para su éxito profesional.
Pero Helena nunca dejó de habitar su vida interior, que rebrotaba en
momentos de soledad, rescatando imágenes muy precisas y muy bellas de aquella
relación. De hecho, la esposa, aunque lo sentía feliz, percibía su comportamiento
fantasmal. Si bien acariciaba su vientre, su mente divagaba.
Muchas veces pensó en llamarla. También Helena, cuando lo telefonea doce
años después, para un sencillo reencuentro, solo por la ilusión de verlo, lo
había pensado muchas veces. De hecho una vez se acercó a París para espiarlo.
También tiene esposo e hijos. Y se ha replanteado muchas veces el error
de aquella separación. Ha vivido una vida más dura. Y sobre todo ha conocido la
soledad.
Él satisface el deseo de ella de volver a verse (no reconoce que también
es el suyo). Pasan una tarde agradable, y, antes de despedirse, Helena le pide
un favor. Permitir que lo huela.
Absorbe su olor profundamente. Por la espalda, sin que él la vea. Se
desliza por el cuello, los hombros, las clavículas. No quiere que se vuelva al
decirle adiós. Pierre tampoco hubiera deseado que lo viera con los ojos
hinchados y el rostro contraído por la emoción.
¿Es una putada enamorarse? ¿O es un sentimiento genuino e irremediable
que a veces ocurre entre dos personas y hasta puede pervivir en estado de
latencia aunque pasen los años y se crucen otras relaciones en el camino?
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